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>UN BLOG CON TUS ARTÍCULOS DE OPINIÓN, O LOS RECOPILADOS DE LA PRENSA NACIONAL, QUE NOS APORTAN SU GRANITO DE ARENA

sábado, 22 de marzo de 2014

El Político de las Cuatro Palabras

Fue el hombre oportuno para el momento más necesario. Fue el hombre adecuado para la inmensa aventura de conducir un país desde un sistema dictatorial a una democracia plena. Fue una genial intuición del rey Juan Carlos, que, cuando decidió designarlo presidente, se jugó literalmente la Corona. Pero lo conocía muy bien. Sabía que era bastante del régimen franquista como para no soliviantar al búnker de la resistencia. Sabía que era lo bastante abierto como para legalizar al Partido Comunista. Sabía que era bastante seductor como para encabezar una gigantesca operación de consenso. Sabía que era bastante leal como para dejar la piel en consolidar la monarquía. Y sabía que era lo bastante osado como para ponerse al día siguiente a desmontar el franquismo y toda su poderosa estructura de poder. Os estoy hablando de Adolfo Suárez González, al que suelo definir como el último héroe nacional.

Aquel chusquero de la política, como le gustaba calificarse, era un personaje mediano cuando llegó a la presidencia del gobierno. No tenía la talla intelectual de un Fraga, ni el atractivo ideológico de un Felipe González, ni la prestancia exterior de un Areilza. Se consideraba a sí mismo un desclasado, porque no estaba en la lista de ninguna élite, ni económica, ni intelectual, ni procedía de una familia de abolengo. Era pura clase media, de extracción provinciana, formación religiosa, casado con la chica bien de la comarca y con recursos tan escasos que tuvo ganar el pan como porteador de maletas en una estación de tren. Pero había mamado la política. La llevaba en la sangre. No valía para otra cosa ni vivía para otra cosa. La política no fue su vocación; fue su pasión. Su ejecutoria se puede resumir en cuatro palabras: valentía, diálogo, dignidad y generosidad. 

Sobre esas cuatro palabras construyó todo lo que hoy tenemos en la España política, desde la Constitución al Estado de las autonomías, o desde la reforma fiscal a la ley del divorcio. Todo lo hizo él en unos años trepidantes y en las peores condiciones: en medio de una crisis económica agobiante; cercado por todos los terrorismos; amenazado por los movimientos militares, aquel sórdido ruido de sables que desembocó en el 23-F; con el apoyo de un partido político de puros personalismos; con una oposición dura en la parte final de su mandato, y con una opinión pública que le abandonó (o le acompañó) en su caída en el desencanto.
Digo la palabra valentía y quizá sería más exacto hablar de osadía y más elegante hablar de audacia. Fue osado para enfrentarse a los militares hasta el punto de decirle al general De Santiago: "Le recuerdo que la pena de muerte sigue vigente en el Código de Justicia Militar". Fue audaz en acciones históricas como la legalización del Partido Comunista, que afrontó en soledad, haciendo que el gran motor, el rey Juan Carlos, no apareciese detrás de aquel enorme desafío. Fue un atrevido en la operación Tarradellas. Y fue un valiente en el desmontaje del viejo régimen, a veces con acciones propias de un comando, como cuando decretó la extinción del Movimiento Nacional o cuando ordenó retirar el inmenso yugo y flechas que cubría la fachada de Alcalá 44. 

Era tan audaz, tan valiente y tan osado que le empezaron a llamar el Chuletón de Ávila. Escribo la palabra diálogo, porque fue el político que más lo practicó en la historia reciente de España. De las 24 horas del día, 20 las dedicaba a hablar. Habló con todo el mundo, incluso de forma clandestina y ocultándose de la policía, todavía franquista. Buscó el acuerdo con todos los partidos políticos. Entendió la transición como una operación de seducción y así logró consensos nunca vistos y nunca repetidos: la Constitución, los pactos de La Moncloa, la aceptación del registro de partidos, la sumisión de los republicanos históricos a la monarquía... Logró la complicidad absoluta con Santiago Carrillo, que llegó a convertir en confidente y ayudante en momentos delicados. Juntos adquirieron compromisos que salvaguardaron la paz civil en momentos dramáticos. 
Con Felipe González fue una relación más desconfiada, porque era el combate entre el dueño del poder y el aspirante y hubo que llegar a situaciones de amenaza, por ejemplo con la posibilidad de crear otro partido socialista desde el gobierno. Con la derecha clásica, sencillamente, nunca se entendió bien. Al principio, porque Fraga lo menospreciaba. Después, porque el mismo Fraga fue utilizado por Felipe González para desprestigiar el liderazgo de Suárez con aquello de "a usted le cabe el Estado en la cabeza".

Recuerdo su dignidad, dignidad de Estado, demostrada cuando se preparó para que lo mataran si lo secuestraba ETA, porque no soportaba la idea de que un presidente de gobierno pudiera ser objeto de chantaje terrorista. Y también cuando se quedó sentado en su escaño en el golpe de Estado, porque prefería morir de un disparo que humillarse en el suelo ante un golpista. "El Estado no podía tirarse al suelo", repetiría años después. Y desprendía generosidad, pero compartida. La transición fue un éxito porque hubo un ejercicio colectivo de generosidad: de los exiliados que a su vuelta no tuvieron una palabra de revancha; de los encarcelados que salieron a la calle dispuestos a olvidar y colaborar; de los demás líderes políticos, que estuvieron dispuestos a renunciar a algo para que aquello saliera bien. 

Es fácil suponer que, si el presidente del gobierno no diese el primer ejemplo de renuncia y de capacidad de ceder, no hubieran sido posibles los pactos ni el clima general de concordia. El resto lo aportó el miedo: el miedo a repetir la historia, que fue un compañero incómodo, pero compañero, de la transición.


¿En qué falló Suárez? En varias cosas. La más tonta, en no tener madera de líder de partido, lo cual le condenó a una sensación de caos permanente en la UCD, debidamente ayudado. La más sorprendente, en su miedo escénico al Parlamento. Parece increíble que un hombre tan seductor, tan convincente y tan elocuente huyese de la tribuna como él huía, pero así fue. 
El gran deterioro de su liderazgo se produjo en su investidura de 1979: al negarse a defender su propio programa de gobierno y delegar en sus ministros resultó un desastre de imagen. Él mismo reconoció que había sido su gran error. 
A partir de ahí, la decadencia y el cerco, la entrada en la pendiente de la soledad y la dimisión. Dimitió por todo: por cansancio, por el abandono de su partido, por la feroz oposición socialista, por la presión de los medios informativos, por un desamor que intuyó en el Rey y, sobre todo, para evitar el golpe militar, porque las reuniones de golpistas eran constantes y en algún momento agobiantes.
Su referencia al paréntesis en la vida de España no está escrita por casualidad: es una confesión de que veía el riesgo de un golpe, y era un golpe pensado única y exclusivamente contra él, porque era el traidor que había abierto las puertas a los derrotados en la guerra civil. 

Su aventura posterior en el CDS tuvo, sobre todo, mala suerte: era un partido de centro-izquierda cuando la España de centro-izquierda había apostado por Felipe González. Hubiera tenido un futuro importante, a la vista de la necesidad de un partido-bisagra y la crisis de la socialdemocracia; pero no tenía capacidad de resistencia económica ante un futuro demasiado difuso y demasiado lejano. Pero sí sirvió para algo: para demostrar una vez más la generosidad de este hombre, que estuvo dispuesto a ayudar siempre al gobierno socialista, aunque los socialistas le habían asediado con crueldad. No es que les perdonase. Es que, por su experiencia personal, comprendía perfectamente las necesidades del gobernante. 

Me han preguntado mucho si este país ha sido justo con él. En principio, no, y creo que por una razón: porque las necesidades diarias, nunca bien atendidas, impedían ver la dimensión histórica de su obra. Más tarde sí, pero no tuvo tiempo de comprobar la gratitud política ni social. Recibió reconocimientos notables como el premio Príncipe de Asturias a la Concordia, fue objeto de unos cuantos homenajes públicos, pero los más importantes testimonios tardaron demasiado en llegar. Creo que el ejemplo de Alfonso Guerra es elocuente del cambio de opinión de este país: pasó de llamarle "tahúr" a ser el gran defensor de su obra. Guerra es un espejo de un arrepentimiento colectivo por las injusticias anteriores.

Al final de sus días, el Suárez al que habían negado el saludo en misa, al que despreciaba el empresariado por ser obrerista y menospreciaban los progres por ser conservador, estaba viviendo un nuevo esplendor: la justicia histórica hacia su obra, el reconocimiento de su trabajo, el ensalzamiento de su figura. Eso ocurrió cuando había suficiente distancia en el tiempo para apreciarlo, cuando se le podía comparar con quienes le sucedieron y también por un poco de compasión: la compasión hacia el hombre que al final vivió tragedias familiares y su propia tragedia. 
Él no pudo ver ese renacimiento del respeto a su figura. El último testimonio suyo que conservo es una carta personal del año 1995. Terminaba así: "De la transición política, de la democracia española, no se puede hablar de vencedores ni vencidos. Esa es nuestra mayor gloria". Se trata de un fantástico resumen de aquella fantástica aventura de la transición que él gestionó y que fue la hermosa aventura de conquistar la libertad.

FERNANDO ONEGA
Publicado en "La Vanguardia" - 22/3/14

Suárez Dimitió Tres Veces

Yo el día que me muera, la verdad, no quiero que me pongan por las nubes los mismos que en vida se dedicaron a ponerme a parir. Los que tenéis menos de treinta y cinco años quizás no lo sepáis, pero la mitad de los panegíricos, encomios y enaltecimientos varios dedicados a Adolfo Suárez que escucháis y escucharéis estos días están firmados por los mismos que durante aquellos años clave se dedicaron a hacerle la vida imposible a aquel entusiasta”tahúr del Mississipi” quien, sin haber leído apenas en su vida, y menos un libro entero, supo no arredrarse cuando le encargaron un marrón que solo un “echao p’alante” como él se hubiera atrevido a aceptar.

En la familia Suárez González estaban especialmente dotados para las relaciones públicas. Su hermano Chema llevaba hasta la discoteca “Long-Play” de Madrid a la flor y nata de la política, la cultura y el espectáculo de aquellos años y Adolfo llevaba al huerto con su envidiable arte para encantar serpientes a cardenales, militares, falangistas y franquistas de todo pelo y condición.

Cuenta Gregorio Morán que Suárez y Carrillo supieron entenderse porque los dos eran iguales: animales políticos puros con poso cultural cero. Entre cigarrillo y cigarrillo con Carrillo y con muchos otros, Adolfo fue preparando -en secreto incluso, cuando así lo creía necesario- esa pócima llamada Transición cuyos presuntos efectos mágicos, si es que alguna vez los tuvo, hace tiempo ya que desaparecieron.

Adolfo Suárez era osadía pura y pilotó un barco con muchas papeletas para irse a pique que, sin que se sepa muy bien por qué extraña conjunción astral, no acabó de hundirse del todo: engañó a los diputados franquistas para que se hicieran el harakiri; pactó con todas las fuerza políticas y sindicales una reforma económica y fiscal, llamada Pactos de la Moncloa, con la que consiguió frenar la desbocada inflación; promulgó una ley de amnistía, hizo una reforma militar, legalizó los partidos incluido el comunista, puso en marcha un proceso constituyente tras ganar unas elecciones, auspició la primera ley de divorcio, promovió la hasta entonces inexistente declaración de la renta… Todo esto y mucho más en apenas cuatro años y medio.

Treinta y tres años hace que se marchó y ahora, los mismos que le amargaron la vida, no se cortan un pelo a la hora de hablar maravillas de él a estas alturas. Cuentan que Suárez apenas comía: si acaso una tortilla francesa, un café de vez en cuando…. Quizás debía tener suficiente con tanto sapo como se veía obligado a tragar a diario. Si la política es tragar sapos, por aquel entonces él debía salir a empacho diario.
Gestionaba los asuntos con la ansiedad, el hieratismo y la determinación de los jugadores de póker y aunque cerró en falso muchos episodios de la historia reciente, aunque dejó abiertas muchas heridas, sus defensores argumentan que al menos consiguió que no volviera a haber sangre. Que no corriera la sangre como tal, porque en el sentido figurado sí que la hubo. Para dar y para regalar.

El partido que él fundó y encabezó, la Unión de Centro Democrático (UCD) -nutrido básicamente de liberales, democristianos y algún que otro socialdemócrata- era un vivero de forajidos siempre con el cuchillo entre los dientes, implacables caníbales políticos dispuestos a merendarse a Suárez apenas se presentara esa ocasión cuya llegada ellos se encargaban a diario de fomentar, propiciar y acelerar.

Los que más se han aprovechado de la llamada Transición lo hicieron tras machacar y triturar a Adolfo Suárez, a quien usaron y tiraron a la papelera a las primeras de cambio empezando por su antiguo mentor y protector zarzuelero, apenas el servicial abulense dejó de serles útil.

No fue Suárez demasiado santo de mi devoción. Su desprejuiciada habilidad para trepar y prosperar en el franquismo, en los negocios y en los cargos públicos está suficientemente documentada en el libro “Adolfo Suárez, historia de una ambición”, que Gregorio Morán publicó en 1979. Pero creo que es justo poner en valor los huevos que este hombre le echaba a la vida.
Jugó con fuego, estuvo a punto de -literalmente- quemarse (véanse las imágenes del 23F) pero consiguió escapar vivo. Y además, no se desalentó. ¿Que me echan? Pues fundo otro partido, se dijo. Y se puso a ello. Fue así como nació el CDS (Centro Democrático y Social). Y cuando asumió, tras los tristes resultados obtenidos en las municipales de 1991, que los votantes le habían vuelto la espalda salió a la palestra, dio la cara y se despidió diciendo adiós muy buenas. Sí, señor. Se marchó. En un país donde, según se empeña en recordarnos el tópico, no dimite nadie, Adolfo Suárez lo hizo dos veces: como presidente del gobierno en enero de 1981 y como responsable de un partido político diez años después.

Hubo una tercera vez: hace once años dimitió también de sus recuerdos. Ocupará sin duda un lugar importante en los libros de Historia. Como lo ocuparán también la Transición que pilotó y la Constitución que propugnó y cuyo momento de pasar página, ahora que nos deja su artífice, parece obvio que también ha llegado.

JUAN TORTOSA
Publicado en "Público" - 22/3/14

miércoles, 19 de marzo de 2014

Comida Golpista

Hay dos posibilidades. Dos posibilidades igualmente lamentables. El ministro del interior y el director general de la Guardia Civil se enteraron en el momento, o pocos días después, de que el pasado mes de febrero, en el cuartel de la Guardia Civil de Valdemoro, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Diez, hijo del teniente coronel golpista, Antonio Tejero Molina, había hecho una comilona homenaje de reconocimiento a los golpistas del 23-F de 1981. 
Jorge Fernández Díaz y Arsenio Fernández de Mesa se enteraron del acto, pero no consideraron que fuera relevante y no tomaron medidas contra esos golpistas, orgullosos, activos y no arrepentidos.
Segunda opción, el ministro del Interior y el director general de la Guardia Civil no se habían enterado de ese acto golpista, hasta que un redactor de El País llamó al Ministerio para contrastar la información.

La verdad, no sé qué es peor. No enterarse de que hay un teniente coronel de la Guardia Civil, golpista por herencia, vocación y decisión, que se reúne en un establecimiento de la Guardia Civil con golpistas del 23-F del 81, y golpistas del 23-F de 2014, en una comida pagada con dinero público, servida por personal de la Guardia Civil, para renovar sus votos golpistas, es una muestra, otra más, de la incompetencia oceánica que caracteriza al ministro Díaz y al director general, Fernández de Mesa.

La otra opción, el haberse enterado del acto golpista y no haberle dado importancia, debería suponer, también, la dimisión de ambos.
En ese Ministerio, en el que el acierto es un error excepcional, dicen que no se enteran de que se han disparado pelotas de goma para impedir que inmigrantes africanos pisen tierra española, por lo que es posible que sí se hayan enterado de la reunión golpista en su día, pero hayan vuelto a mentir al decir que no lo sabían.

En estas llega Ramón Tejero, el hermano cura de una familia que es una pura síntesis del régimen nacional-católico, y dice que es injusto que destituyen a su hermano, porque se trataba de una "comida privada". El cura miente también –y no creo que se confiese por ello– pues se trata de una comida celebrada en un cuartel de la Guardia Civil, pagada con dinero público y servida por personal de la Guardia Civil, a la que asisten golpistas veteranos y golpistas jóvenes y en la que no se registra en la puerta de entrada quiénes van, eso en un cuartel en el que todo se consigna. El cura Tejero dice que calificar de golpista la tenida es cosa del "humo negro de Satanás", con lo cual demuestra que tiene información del cielo y del infierno.

Que a estas alturas del curso haya algunos mandos de la Guardia Civil que celebren –y me imagino, que lamenten su fracaso– el intento de golpe de Estado de hace 33 años resulta lamentable, pero Díaz y Fernández no se enteran, o hacen como que no se enteran.

JOSE Mª CALLEJA
Publicado en "El Diario" - 18/3/14

martes, 18 de marzo de 2014

Asuntos Exteriores Catalanes

La máquina (española) de fabricar independentistas catalanes sigue funcionando a buen ritmo, y como no afloje un poco, al final no hará falta ni celebrar referéndum, porque la independencia será por aclamación.

La última genialidad es dedicar al ministro de Exteriores a defender la unidad de España. Para subrayar que el tema catalán es un asunto interno español, nada como poner al frente al ministro de Exteriores, y que sea él quien elabore los argumentarios sobre las consecuencias apocalípticas y hasta galácticas de una secesión, o que vaya al Parlament a hablar del tema. 
Para evitar la “internacionalización del conflicto” que siempre buscan los independentistas, nada como activar las embajadas enviando consignas a los diplomáticos, buscar a diario el micrófono más cercano para hacer paralelismos entre Cataluña y otros países, y aprovechar cada vez que te visita un ministro extranjero para hablar de Cataluña en la rueda de prensa  conjunta.

Si me dicen que en Exteriores hay un comando independentista infiltrado, me lo creo. Y si en cambio lo que pretende el gobierno es adelantarse y ser él quien internacionalice el conflicto antes de que lo haga el Govern, y asegurar aliados en el extranjero, no deja de ser una muestra de debilidad. Sobre todo si tienes al frente del departamento a un bocazas como García Margallo.

La última, ayer mismo, cuando el ministro aseguró que hay un "paralelismo absoluto" entre el referéndum de Crimea y la consulta catalana. No un cierto parecido, eh, sino un “paralelismo absoluto”. No hay más que ver las similitudes históricas entre Cataluña y Crimea, entre España y Ucrania, entre Rusia y no sabemos qué potencia fronteriza con Cataluña, o entre un referéndum a toda prisa y bajo ocupación extranjera, y una consulta pacífica que busca encaje legal.

Es verdad que el ministro de Exteriores no es el único que juega a los paralelismos internacionales. Los independentistas son también aficionados a hermanar su caso con el de otras naciones en busca de Estado, eligiendo por supuesto los casos más favorables, aunque tampoco tengan mucho que ver en términos históricos y políticos.

No, Cataluña no es Crimea, como tampoco es Kosovo, ni Escocia, ni Québec, ni las repúblicas bálticas ni las balcánicas, ni Osetia ni Somalilandia. Cataluña es Cataluña, y de seguir adelante podría hacer su propio camino y hasta acabar convirtiéndose a su vez en un referente para otros pueblos sin estado propio.

Y si la principal baza del gobierno español contra la secesión es la falta de reconocimiento internacional, ya puede buscarse algo más convincente para ofrecer a los catalanes: tarde o temprano, la mayoría de países nacidos de independencias no negociadas acaba por sumar reconocimientos, primero de unos pocos países, luego de algún organismo internacional, y así poco a poco se van convirtiendo en una realidad irreversible, aunque tarden años.

No sé a ustedes, pero a mí me preocupa que a menos de ocho meses de la anunciada consulta, el gobierno siga mirando al cielo a ver si escampa, y deje el asunto en manos del ministro de Exteriores. Me gustaría tener un gobierno con la madurez democrática suficiente para tomarse en serio el proceso catalán, que exige más diálogo que declaraciones catastrofistas o amenazas. Claro que, con el banquillo que tiene Rajoy, todavía podría ser peor: que en vez de Margallo se ocupase del tema el ministro de Interior, el de Hacienda, el de Educación, o el propio presidente.

ISAAC ROSA
Publicado en "EL DIARIO" - 17/3/14


martes, 11 de marzo de 2014

Los Ruines Conspiranoicos

La matanza de 191 personas hace diez años en los trenes de Atocha, dio lugar a una de las maniobras más ruines de una parte de los medios de comunicación y de una parte de los políticos de este país en los últimos treinta años.

El ejercicio de difusión sistemática de mentiras, siembra de odio y linchamiento realizado por el periódico que dirigía entonces Pedro José, por la radio de los obispos y por Telemadrid, constituye un episodio repugnante. Episodio que no ha merecido ni la autocrítica, ni la petición de perdón en unos medios que de forma campanuda han pedido tantas veces la dimisión de tanta gente por responsabilidades mucho menores.

El entonces arzobispo de Toledo y primado de España, Antonio Cañizares, dijo entonces, muy serio, que aquel atentado se había producido porque en España "se pecaba mucho". Hoy, Rouco, sostiene, con la misma seriedad, que en el 11-M de 2004 "mataron inocentes por oscuros objetivos de poder". Rouco, al que no se le conoce ni una palabra de condena para los asesinatos de más de 700 mujeres registrados en nuestro país desde 2004, tiene muy claro que esas muertes de Atocha fueron para obtener el poder. Mantiene así vigente la teoría conspiranóica que en su día difundió su radio.

Hemos visto estos días a un policía que nos contaba cómo le implicaron en la realización de la matanza, cómo le insultaron a él, a su mujer --que se acabó suicidando--, los mismos que ahora consideran un ataque a la Guardia Civil el que se critique la utilización de pelotas de goma para disuadir a inmigrantes que tratan de llegar a tierra española.

Largas jornadas de periodismo de investigación, puro y duro, ¿quién no sabe que los comandos de Eta llevan siempre unas tarjetas del grupo Mondragón, para que los afectados por sus atentados se pongan en contacto con ellos por si no han quedado satisfechos con la faena? ¿Quién no sabe que los comandos de Eta, alegres y faldicortos, viajan con nosotros a mil y un lugar, con cintas de la Orquesta Mondragón, con la voz de Javier Gurrutxaga, ese apellido sospechoso? ¿Quién no tiene ácido bórico en casa, por si tiene que salir pitando a cometer algún atentado, o porque le huelen los pies, o para conservar el marisco?
Y luego esta lo de los suicidas de Leganés. Sostenían, muy serios, los conspiranóicos, que los cadáveres fueron colocados allí, que no se suicidaron tras ser rodeados por los GEO. ¿Quién no tiene uno, o dos, cadáveres congelados en su casa, por si es necesario llevarlos a Leganés? Pero claro, si los cadáveres fueron llevados allí ¿quién asesinó al miembro de los GEO, Francisco Javier Torronteras? ¿Lo asesinó la propia policía, para dar más verosimilitud a la conspiranoia? ¿Y por qué profanaron su tumba varias veces?
¡Qué debates con Pedro José y Casimiro, en su reparto de tareas, los dos con aire de estar en la pomada y esto no es lo que parece! Siempre dispuestos a dar páginas y páginas a los asesinos --previo pago, según confesión de uno de ellos--, y empitonando a los policías como si fueran criminales. A vender.

¡Qué papelón, aquellos abogados de las víctimas que en el juicio interrogaban con acidez a los policías que habían llevado el caso como si fueran criminales y no hacían preguntas a los asesinos!

Y Rajoy, muy poquito antes de que fuéramos a votar los españoles, diciendo, muy serio, que los etarras estaban detrás de la matanza.

La brillante idea, según la cual, una matanza de esa envergadura deber ser cometida por alguien con la envergadura intelectual, no se, de Churchill, se desmiente por el hecho evidente de tantos atentados brutales cometidos en nuestro país cuyos asesinos eran más homínidos que otra cosa.

Linchamiento del juez Del Olmo, que por ser miope no podía instruir el caso. Linchamiento del juez Bermúdez, por carecer de pelo.
Linchamiento de los policías, que si hubieran sido asesinados serían víctimas heroicas, pero que fueron triturados por los difusores del odio por cumplir con su obligación.
Linchamiento de testigos rumanas que no se atenían a la conspiranoia.
Linchamiento de una parte de las víctimas, Pilar Manjón, ¡que tuvo que llevar escolta después de que asesinaran a su hijo!.
Linchamiento de los periodistas que no aplaudimos su conspiranoia...
Y ahora se saca un poco la patita, pero se sigue cayendo de pié.


Los Pedro Josés, la radio de los obispos, han protagonizado uno de los episodios más ruines de nuestra reciente historia. Esperamos, al menos, una leve autocritica.

JOSE Mª CALLEJA
Publicado en "El Diario" - 11/3/14

domingo, 9 de marzo de 2014

Mayoría Aplastante


El PP impone sus leyes sin discusión, el PP veta que se le controle y el PP tumba el resto de opiniones del Congreso. El gobierno ha convertido el Parlamento en una tumba. Rajoy es un enterrador que echa paladas de silencio sobre una Cámara con rigor mortis. Este uso draconiano de la mayoría absoluta por parte del gobierno ha sido tan constante que hasta se le ha puesto nombre: “El rodillo del PP”. La mayoría absoluta del PP es una apisonadora que aplasta al contrario. No es la aplastante mayoría con la que se define el consenso mayoritario de la sociedad. Es la mayoría aplastante.

Conviene recordar, entonces, que el PP no ganó por “aplastante mayoría”. Consiguió 44,62% de los votos pero casi un 70% de electores no les votaron. Son una minoría mayoritaria. Esto debería obligar a ser prudente, dialogante y tolerante en la aplicación de su fuerza. Y además, es obvio decirlo, todo gobierno debe gobernar para todos. Pero en nuestra democracia, las mayores obviedades se obvian. Si dices obviedades como esta, además te toman por ingenuo. Los cínicos gobiernan el mundo, en fin.

Rajoy no es un hombre dialogante porque el silencio es su mayor arma y por eso gusta de pasar el rodillo hasta convertir a la oposición en una lámina transparente, invisible, inaudible. El rodillo es un blindaje contra los ataques, es una alfombra bajo la que esconder la porquería, son unas anteojeras para no ver a los que se van quedando en las cunetas, son unas orejeras para no escuchar los lamentos y es una mano de hierro para someter al enemigo. Así gobierna cualquiera. Pero así no se gobierna. Así lo dicen muchos jueces.

La pasada semana dos informes preliminares del CGPJ le dijeron al gobierno que los anteproyectos de ley del aborto y de seguridad ciudadana aprobados por el rodillo del PP son inconstitucionales. Los fiscales de la Audiencia Nacional y algunos de sus magistrados denunciaron la impunidad que genera la reforma de la justicia universal. Y además, la comisaria europea de Interior amenazó con abrir un expediente a España por las muertes de Ceuta que la mayoría del PP ha vetado investigar en el Congreso.

En resumen, que el rodillo del gobierno pasa por encima de la Constitución, del derecho español y de los derechos humanos. Ni más ni menos. Como hemos visto con el céntimo sanitario, el problema que tenemos es que la justicia camina tan lenta que cuando lleguen sus resoluciones, el gobierno ya habrá aprobado sus leyes con su mayoría aplastante. Y de hecho, cuando le meten prisa, como en el caso de la justicia universal, el rodillo del PP pisa el acelerador que no veas.

Se hace evidente la necesidad de articular mecanismos de control de la mayoría absoluta para que no se convierta en absolutista. El reglamento del Congreso, que se hizo para garantizar la estabilidad de las mayorías, es tan obtuso, tedioso y complejo que impide el efectivo control al gobierno. Aunque las minorías y algún diputado mayoritario, han pedido con frecuencia una reforma, ni PSOE ni PP han querido cambiarlo cuando han tenido la oportunidad. Además, la posibilidad de participar de la ciudadanía a través de Iniciativas Populares es tan difícil como ineficaz.

Nuestra democracia consagra la mayoría aplastante. Vuelve a ponerse de manifiesto la necesidad que tiene este país de proceso constituyente que modifique tanto la ley electoral como el reglamento del Congreso para reflejar la realidad plural de la ciudadanía. Y resulta indispensable obligar a un consenso en temas capitales como la Educación, el Aborto, la Justicia o la Sanidad. A mí cuando el PSOE me habla de primarias abiertas, le digo que muy bien pero que demuestre su talante democrático incluyendo la reforma electoral y parlamentaria en su programa.

El único consuelo que nos queda es que todo lo que el rodillo del PP apruebe, será revocado en cuanto pierda la mayoría. El que a rodillo legisla, a rodillo muere. 

JAVIER GALLEGO 
Publicada en "El Diario" - 7/3/14