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>UN BLOG CON TUS ARTÍCULOS DE OPINIÓN, O LOS RECOPILADOS DE LA PRENSA NACIONAL, QUE NOS APORTAN SU GRANITO DE ARENA

domingo, 8 de diciembre de 2013

Carta de Cacho a Rajoy

Estimado presidente:
 
sé muy bien que dirigirle esta carta abierta es una pretensión gratuita, tal vez incluso una osadía carente de sentido, entre otras cosas porque no parece que sea usted muy partidario de guiar su conducta por lo que dicen los medios. Le aclaro que Vozpópuli, a pesar de ser crítico con muchas de sus políticas, es un diario con vocación liberal que poco o nada tiene que ver con la plétora de medios que desde la izquierda le atizan a conciencia por razones ideológicas las más de las veces, aclaración que viene al caso porque nosotros no deseamos que usted se estrelle, no queremos que su Gobierno fracase, más bien lo contrario, entre otras cosas porque tememos que de esa circunstancia solo podrían derivarse males mayores para los españoles. En todo caso, y aunque usted no lea esta misiva, tengo la secreta esperanza de alguno de sus aides de chambre lo haga y que, en un rasgo de valor, le haga a usted una seña que le invite a leerla y a reflexionar un par de minutos.
 
Viene a cuento esta declaración de las últimas iniciativas legislativas emprendidas por su Gobierno y de las cuitas que, muy en privado y en forma casi de confesión espantada, formulaba esta semana un alto cargo de su partido. Relataba el hombre el espectáculo de esas sesiones parlamentarias tanto en el Congreso como en el Senado en las que los distintos grupos van desfilando por la tribuna para oponerse a las iniciativas del Ejecutivo, “y a menudo produce escalofríos ver el grado de rechazo, de violencia verbal contra el Partido Popular que aflora en casi todos los portavoces… Algo estamos haciendo mal, porque no es normal la animadversión, la oposición frontal, incluso el simple odio que destilan muchas de tales voces. Es algo que me preocupa mucho, porque eso ocurre también en la mayoría de los parlamentos autonómicos. Algo tendríamos que hacer al respecto”.   
 
De eso se trata. De saber por qué el PP se está convirtiendo en partido profundamente antipático, incluso odioso, para muchos españoles. Señor Rajoy: está usted demostrando una asombrosa capacidad para ofender y enfadar a casi todos los estamentos sociales, desde la derecha extrema a la extrema izquierda, pasando por el centro. Por tener, tiene cabreados incluso a los suyos, a montones de militantes, no digamos ya votantes, del PP. ¿Cómo lo consigue? Empieza a ser casi un misterio o tal vez un prodigio, porque cabrear a todo el mundo a la vez no es empeño fácil. Partía usted con la ventaja de haberse situado, seguramente sin proponérselo, en ese centro derecha templado donde dicen que se ganan las elecciones, fundamentalmente porque José María Aznar, su soberbio mentor, se había colocado motu proprio en la derecha más recalcitrante, lo cual le hacía a usted un favor impagable. Pues bien, usted se está encargando de destruir esa idea, parece usted empeñado en recordarnos la peor derecha de un país con muy malos recuerdos de malas derechas. ¿Qué está usted haciendo con España?, señor Rajoy.  
 
Actúa usted como aquellos tiranos acostumbrados a vivir escondidos tras las murallas de la fortaleza, mientras dejan a sus alcaides, sus ministros, el collar suelto para que allá y acullá le formen diarios incendios con iniciativas insensatas, declaraciones intempestivas, a veces ridículas, a menudo salidas de madre, desnortadas, ofensivas… Su ministro del Interior es en este capítulo un campeón. El lunes de esta semana supimos que Fernández Díaz optaba por dejar en sus puestos a los policías que ocupan las jefaturas de cuatro de las brigadas de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) que investiga los casos Gürtel y Bárcenas, después de haber amagado con su relevo a través de un concurso de “libre designación”, es decir, de designación a dedo. Don Jorge no se atreve, es un pusilánime, un meapilas quejumbroso, un conservador a ultranza, miembro de esa derecha religiosa para quien el mantenimiento del orden es un fin en sí mismo innegociable. Un tipo que no podría formar parte de ningún Gobierno de la derecha moderna en un país desarrollado.
 
Tipos como él le están haciendo a usted y a su partido mucho daño, porque le posicionan en el espectro de una derecha reaccionaria alejada del más leve conato de liberalidad.  Quienes, desde posiciones liberales, asumimos la idea del pacto social y aceptamos sacrificar una parte muy significativa de nuestra libertad en aras del procomún, convencidos de que de ese compromiso nace la ley que hace posible las libertades, no estamos dispuestos a que, Ley de Seguridad Ciudadana mediante, se nos sancione con 30.000 euros por insultar a un policía, ni que un segurata nos pueda detener en un centro comercial y pedirnos la documentación, ni que un municipal nos imponga 1.000 euros de multa por llevar un cigarrillo de hachís en el bolsillo. Y eso sí que no.
 
Gran parte de ese malestar ciudadano, de ese resquemor que aflora contra ustedes por las cuatro esquinas, tiene ver con muchas de sus políticas, casi todas alejadas de ese centro templado donde se generan los afectos. Está usted empeñado, por ejemplo, en evitar que la Infanta Cristina no solo sea juzgada, sino siquiera imputada, y para lograrlo, con todas las evidencias en contra, está usted forzando la ley de tal forma que causa rubor ajeno, y ha puesto usted a la Fiscalía y a la Agencia Tributaria a trabajar de consuno en ese objetivo, lo cual que la Justica, que ha quedado literalmente para el arrastre tras la llegada al ministerio del ramo de Alberto Ruiz-Gallardón, se arrastra hoy en España cual puta ultrajada a la puerta de un cuartel de reclutas.
 
Es sin duda la corrupción, y el tratamiento que a la corrupción está dando su Gobierno, el talón de Aquiles del PP y el suyo propio. Y es que, con ser importante la gestión de la economía, tal vez más importante aún era sanar la crisis de valores que trasluce la corrupción galopante que sufre España desde hace tiempo. Para eso estaba usted investido por una mayoría absoluta, en eso confiaban también millones de españoles, pero usted no ha hecho nada o muy poco, excepto declaración de buenas intenciones vacías de contenido, porque usted está cogido por los cataplines de un escándalo como el de su tesorero, y ahí está a la defensiva, de modo que en lugar de haber salido a cara descubierta a pedir perdón a los ciudadanos, usted se ha refugiado en la mentira, y es tan obvio que ni usted ni los suyos han dicho la verdad, es tan evidente, que la inmensa mayoría de la población ha asumido ya el caso como una tragedia más de las que tiene que soportar este infortunado país de golfos acostumbrados a vivir por encima de sus posibilidades. El esperpento llega a tal punto que su partido acaba de aprobar una Ley de Transparencia en el Parlamento al mismo tiempo que el juez Ruz trata de abrirse paso trabajosamente y sin su ayuda entre los manglares de un escándalo sin paliativos como el de Luis Bárcenas.
 
Y este comportamiento suyo envilece la política y cabrea a los ciudadanos, de modo que al final los españoles tienen dos alternativas: o volver la cara y mirar hacia otro lado y refugiarse en la melancolía (en el “Déjame, Arnesto, déjame que llore/los fieros males de mi patria,/ deja que su ruina y perdición lamente” del maestro Jovellanos), o apuntarles con el dedo y llamarles chorizos… De lo cual se infiere un malestar que todo lo contamina, una atmósfera irrespirable, un desasosiego general, una protesta sorda como los ecos lejanos de un mar embravecido, y eso se palpa en la calle y el Parlamento, y eso lo sufren sus propios diputados y senadores –y así lo manifiestan en privado-, que a veces sienten ese escalofrío cercano al miedo cuando asisten al desfile de oradores destilando rabia cercana al odio contra su Partido.
 
Tiene usted que salir de la madriguera y hacer política, señor Rajoy, política  a lo grande, ese tipo de política que conforta los espíritus, les aquieta y prepara para luchar por un futuro mejor. Está usted al frente del único partido de dimensión nacional que resta en España –a la espera de ver en qué queda la aventura de Rosa Díaz y de Albert Rivera- y eso le confiere un tipo de obligaciones inmateriales que podríamos enumerar como la necesidad de acercar, soldar, tender puentes; la obligación de unir a los españoles, rebajar tensiones, favorecer la convivencia y todo lo demás, en lugar de romper y separar. Cualquier cosa menos crispar, menos cabrear. Lo he dicho muchas veces, la derecha española está condenada a ser reformista o a no ser. Tiene usted un país espléndido en sus manos, un país de muy buena gente. A pesar de los sacrificios, a pesar de lo mal que lo están pasando tantos con tan poco, el país disfruta de una envidiable paz social, y las mareas, de cualquier color, que con frecuencia surcan las calles de Madrid en domingo son apenas el reflejo lógico de la dureza de la situación presente.
 
Señor Rajoy: póngase usted a la cabeza de la manifestación de la concordia. España se lo agradecerá.
 
JESUS CACHO - Periodista
Publicado en "Vox Populi" - 8/12/2013

domingo, 1 de diciembre de 2013

Cuando la Mayoría Arrasa

El jueves se aprobó la LOMCE. Sólo votó a favor el PP, evidenciando su soledad en este asunto. La comunidad educativa en su conjunto, de manera inédita, así como una amplia mayoría social, le ha hecho saber al Gobierno que estaba en contra. Pero ha dado igual.
 
Con su aprobación este viernes por el Consejo de Ministros, el anteproyecto de Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana (LOPC) ya está lanzado. En apenas dos años, el Gobierno ha barrido derechos sociales y, tras afanarse este tiempo en incrementar la represión policial, ahora acomete un recorte directo de libertades fundamentales.
En el pack represivo se pretende, además, introducir una reforma del Código Penal y una ley de huelga que "regule" los servicios mínimos. Para todo ello se escuda en la mayoría parlamentaria que posee.
Frente a todo esto, es preciso recordar que la democracia representativa moderna se concibió, precisamente, para evitar este tipo de actuaciones.
 
Cuando en 1978 nos quisimos dotar de una Constitución, en lugar de apostar por un proceso colectivo que partiera desde abajo nos inclinamos por el Gran Legislador rousseauniano: un sabio –en nuestro caso, siete– que propusiera los términos de una nueva legislación a los miembros de la comunidad política.
El elitismo antidemocrático de esta opción no era nuevo, pero hoy lo estamos pagando. Los sabios reunidos en Filadelfia en 1787, o figuras como el abate Sieyès en el primer Comité constitucional francés, fueron también grandes legisladores, pero al menos lograron aquilatar mejor el edificio político que estaban construyendo.
Había que dividir el poder, empezando por el propio legislativo, con dos Cámaras –de representantes y Senado– que tuvieran distintas funciones, diferentes modos de elección, así como mecanismos para que una pudiera detener los excesos de la otra.
Al mismo tiempo, había que reforzar al Ejecutivo, introduciendo el veto presidencial, y debía garantizarse por todos los medios la independencia judicial. Clave resultaría el que ningún departamento dependiera de otros para financiarse. A todo ello se sumaría la estructura federal de un país amplio y numeroso, donde los Estados guardarían para sí importantes competencias políticas mientras los grupos de interés serían tantos que resultaría imposible que uno solo se hiciera con la mayoría.

El diseño político de la Constitución de 1978 está demostrando ser un desastre. Fijémonos así en esta preocupación clásica por las mayorías. En España, las autonomías han tratado de ayudar a dividir el poder, así como a aproximar el Gobierno a la población, pero la disciplina de partido o las imposiciones han primado sobre su independencia en los asuntos cruciales.
Del resto casi mejor ni hablar: tenemos una sola Cámara Legislativa con poder real, y en ella la mayoría parlamentaria no es más que la correa de transmisión de un Ejecutivo donde manda un presidente que, a la vez, es el jefe de un partido. Es decir, nuestro sistema bascula en torno a decisiones que se toman en oscuros gabinetes de Génova 13, sin luz ni taquígrafos; sin deliberación pública.
 
La ley en nuestro país –es ya evidente– no tiene como fin la libertad ciudadana, ni es obra de quienes deben obedecerla. Éstas, con razón, eran las grandes preocupaciones de Sieyès. Tampoco el sistema judicial goza de una autonomía capaz de frenar ataques a los derechos recogidos en la Constitución y otras declaraciones internacionales. Como es sabido, los miembros del Tribunal Constitucional, del Tribunal de Cuentas y del Consejo General del Poder Judicial dependen de la mayoría parlamentaria-ejecutiva. Si es que hasta el presidente levanta impunemente un teléfono cuando no le gusta un juez.
Es, por tanto, muy fácil que una mayoría parlamentaria arrase con los derechos de todos. Sin división de poderes y sin un control ciudadano más allá de las elecciones, asistimos a lo que más temían los clásicos de la representación: la legitimación paulatina de una nueva tiranía.
Respecto a la LOPC, parece que no había forma más tosca de entrar en el capítulo de libertades. En lugar de encargar de manera elitista su redacción inicial a un “sabio”, la tradición antiilustrada hispánica ya no se molesta siquiera en disimular su barbarie: un mando de los antidisturbios ha estado dirigiendo su redacción.
 
El plan ha sido claro: retirar del Código Penal diversas infracciones, que al pasar al ámbito administrativo de la LOPC se impondrán sin control judicial previo. A la vez se incrementa su número, y las que quedan en el Código Penal afrontan penas más duras. Las tasas para recurrir, claro, por las nubes.
 
Tras el correspondiente globo sonda –y a pesar del voluntarismo que, esta vez sí, ha puesto el grueso de la oposición parlamentaria de la mano de la opinión pública–, derechos básicos como los de reunión y manifestación seguirán restringiéndose. Se persigue el disenso político. Se crea un registro de desobedientes. Volvemos a Esquilache con el tema de las capuchas, y se cae en el ridículo con las ofensas a España. Se legisla contra la dignidad de aquellas personas más concienciadas de la sociedad civil, aquellas capaces de oponerse pacíficamente a una ley injusta, como en la paralización de los desahucios. Las multas en estos casos podrían ascender a 30.000 euros.
 
La desobediencia civil pacífica, puntal de la conquista de derechos desde la segunda mitad del siglo XX, sufre así un duro golpe. Se criminaliza la protesta ecologista con multas de hasta 600.000 euros.
El día que en Valencia mandaron a la policía cerrar una televisión pública, se sigue amenazando el uso de imágenes de actuaciones policiales con multas de 1.000 euros.
Diversos colectivos llevan años pidiendo reformas, pero en sentido inverso. La ley orgánica que se ocupa de regular los derechos de reunión y manifestación es de 1983, y su regusto franquista se observa al leer que reuniones de más de 20 personas deben comunicarse a la autoridad. Esto es lo que habría que reformar, y no las garantías que todavía teníamos para que una manifestación pacífica no comunicada se considerase legal. En DEMOCRACIA –sí, en mayúsculas– no se pide permiso para reunirte o protestar.
 
 
Por todo ello, este diseño político originado en 1978 no nos sirve. Una mayoría nos está arrasando. De manera arbitraria y despótica, tal y como temieron los burgueses que diseñaron la moderna representación política hace siglos. Lo paradójico de nuestro caso es que esta mayoría parlamentaria la manejan cuatro en un despacho apoyados, según las encuestas, por una minoría social.
Más allá de las formas institucionales, debemos analizar también la cultura política que mueve a los gobernantes. Por no salir de estos dos últimos días, fijémonos en las detenciones que el jueves publicitó la delegada del Gobierno en Madrid: se saltó la presunción de inocencia de 17 jóvenes estudiantes, antifascistas y feministas detenidos de madrugada en sus casas, como hace 40 años, mientras aireaba unos antecedentes “policiales” –no penales– que lo único que indicaban eran identificaciones previas. Y esa noche se cargó contra quienes protestaban pacíficamente contra esto, y fueron detenidas 11 personas más.
 
Ante la falta de frenos democráticos eficaces en el propio sistema, además de en las urnas, me temo que el asunto principal se decidirá en las calles. Saliendo por miles. Allí empezaremos a recuperar, a crear, las bases para una auténtica democracia política y económica. El primer paso, hoy como ayer, la desobediencia. El 14D tenemos cita en el Congreso.
 
VICTOR ALONSO ROCAFORT - Profesor de Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Colectivo Novecento.
Publicado en "El Diario" - 29/11/13

jueves, 28 de noviembre de 2013

Rajoy Va Bien

Rajoy va bien. Ha cumplido un nuevo año Mariano sin dar su brazo a torcer y ha celebrado su segundo annus horribilis dando un golpe sobre la mesa con una ley de Educación y varios proyectos de ley que dejan bien claro su verdadero cometido: no han venido para sacarnos de la crisis económica sino de la crisis moral.
El PP no quiere que salgamos de la crisis por delante sino por detrás, por el pasado. Y están aprovechando la coyuntura inestable y su mayoría absoluta para volver a la España de clases, de señoritos y obreretes, de curas en las escuelas y fuerzas del orden en las calles. Como si creyeran realmente que con Franco vivíamos mejor.

Rajoy sabía que las finanzas se las marca Europa y que no puede fiar su éxito a una incierta recuperación en la que por ahora ha fracasado, así que piensa que la única manera de reeditar mandato es dar a la derecha española unos buenos derechazos. Y se los está dando. Este era el plan de Rajoy y lo está cumpliendo: más poder para el empresario y menos derechos para el trabajador, subida de impuestos para la clase trabajadora pero no para las grandes rentas, control de la información pública, propaganda y ocultación de la corrupción, represión policial y adoctrinamiento, sustitución de la acción social del Estado por la caridad, españolismo y xenofobia, autoritarismo y desigualdad... No me negarán que con Franco vivían muy parecido.

Como la burguesía facinerosa que describía Chaves Nogales en plena guerra civil, parece que Rajoy, Cospedal, Wert y demás tropa nacional, sueñan con “un paraíso de desfiles marciales, jornales bajos, rentas altas, procesiones y fiestas de la raza”. La única novedad respecto al pasado es la privatización de lo público. Pero no se confundan, no es liberalismo. Privatizan porque en democracia, para repartir el pastel, hay que venderlo para que no huela a corrupción. En la dictadura, no hacía falta disimular porque estaba todo tapado. Ahora lo tratan de tapar con éxito escaso aunque con la misma impunidad.

JAVIER GALLEGO - EL DIARIO - 25/11/13
Enviado por 'El.Anónimo'

viernes, 22 de noviembre de 2013

Buenos Dias, Fascismo

Guardo dos sensaciones precisas del tiempo que me tocó vivir bajo la dictadura del caudillo, nuestro generalísimo Francisco Franco: el miedo a la Policía y el trato cotidiano con la mentira. Ya sé que la realidad española fue suavizándose conforme nos alejábamos de la sangría provocada por el golpe militar de 1936, pero en el aire de los años cincuenta, sesenta y setenta que yo respiré podía percibirse con facilidad el olor del miedo y de la mentira.
 
Los periódicos mentían tanto por lo que callaban como por lo que decían. La retórica sobre el imperio, la raza, la patria, la gloria que nos enseñaban en las clases de Formación del Espíritu Nacional no resistía las primeras miradas sobre el mundo. Un país pobre, menesteroso, humillado, sin ciencia, sin una economía sólida, sin cultura pública, sin repercusión internacional, sufría bajo las alas del águila. Más bien una gallina. Los colores de la bandera solo servían para ponerse rojos de vergüenza y amarillos de envidia cada vez que íbamos descubriendo lo que era la vida.
 
Los políticos mentían. Y no me refiero a las verdades a medias y las manipulaciones propias del electoralismo. Mentían de verdad y hasta el fondo, como yo de adolescente cuando me obligaban a confesar los curas del colegio. Éramos herederos de un Régimen basado en la instauración oficial de mentira. A Miguel Compins,  Comandante Militar de Granada, fueron a buscarlo los golpistas a su despacho, en donde estaba tan tranquilo cumpliendo órdenes del Gobierno y de la superioridad, y lo fusilaron por ayudar a la rebelión. No fue el único caso. El legal era el sublevado, en invierno hacía calor, en verano frío, los peces volaban por las nubes y los pájaros nadaban por las profundidades del mar si así lo afirmaba la autoridad.
 
Nadie, claro está, confundía la verdad oficial con la realidad. Eso creaba una separación tajante entre el Estado y la calle. Hoy somos herederos de esa división impuesta por la costumbre de mentir. Lo que empezó siendo la mentirijilla electoral en la España democrática desemboca hoy en el regreso a la desvergonzada mentira fascista. Rajoy  jura que no conocía las actividades corruptas de su tesorero más íntimo y no pasa nada. Ana Botella dice que la Reforma Laboral ha salvado los puestos de trabajo de los trabajadores de la limpieza en Madrid y no pasa nada. Se miente sobre la economía, el paro, la política internacional, la honradez de la familia real, y no pasa nada. Las instituciones –véase el poder judicial- son una mentira en funcionamiento. Ha vuelto a hacer calor en el mes de enero. La moda de las memorias políticas en nuestro país y la apertura de la Fundación Felipe González se deben  a que está vigente una veda infinita para las mentiras. Aquí el error propio es una enfermedad descatalogada en las conciencias.
 
También hemos vuelto al grito de “la calle es mía”. Lo lanzó Fraga Iribarne para recordarnos en 1976 la norma número uno de la dictadura a la que había servido. Respondiendo a su origen, el Gobierno del PP ha dado forma de ley al grito de Fraga.  En vez de respetar y solucionar los problemas graves de los ciudadanos, criminaliza sus protestas con multas desmedidas y con estrategias de impunidad para la represión. La ley hipotecaria nos deja sin casas, la ley mordaza sin calle, dos formas de desahucio. A la Policía española deberemos tratarla con miedo. Se acabó la confianza. Las Fuerzas de Seguridad tienen como enemigo al ciudadano. La patria produce otra vez extranjeros en su propio país. Atreverse a poner el pie fuera de la mayoría silenciosa es un acto de rebeldía intolerable. Exigir y practicar los derechos constitucionales puede convertirnos en cómplices de la sublevación.
 
Buenos días, fascismo. Los españoles volvemos a vivir en una realidad cotidiana fascista. Podemos discutir si se trata de prefascista,  posfascista, parafascista o cuasifascista, pero la evidencia es que nos hemos instalado en el cartón piedra de la mentira y en una plaza de armas que sólo pertenece a la autoridad. Entre nuestros derechos no está la calle. Convivir es obedecer bajo el absolutismo de unos diputadísimos y unos ministrísimos que son herederos del caudillo.
 
Podrán decirme que han llegado al Gobierno por las urnas. Llegar por las urnas al fascismo no es algo nuevo, ni resta gravedad, sobre todo cuando se incumplen los contratos electorales de forma desvergonzada. Podrán decirme que la gente volverá a votarlos. Eso no significará que dejen de ser fascistas, sino que el fascismo se ha instalado en los procedimientos democráticos. En una realidad fundada en la mentira, con una división tajante entre la España oficial y la España real, entre los mundos virtuales y la experiencia de carne y hueso, los votos pierden su vinculación con la calle y pasan a ser una parte más del videojuego de las supersticiones. Sin patrimonio legal democrático, podrá haber votos, pero no habrá democracia.
 
Ni soberanía popular, ni instituciones representativas, ni participación. Mentira y represión policial. Buenos días, fascismo.
 
LUIS GARCÍA MONTERO - Poeta y escritor.
Publicado en Público - 21/11/13

jueves, 21 de noviembre de 2013

¿Qué Hemos Hecho para Merecer esto?

Escuchando la intervención de Mariano Rajoy ante sus cachorros de Nuevas Generaciones, me vino inmediatamente a la cabeza el título de una de las películas de Almodóvar, ¿qué he hecho yo para merecer esto? Nuestro mesiánico presidente falta a la verdad. Realmente no ha hecho otra cosa que mentir a la ciudadanía desde su ascenso al poder.
 
 
Nuestro presidente, o no se ha leído o quizás no le hayan pasado, los datos relativos a los principales indicadores económicos y sociales de nuestra querida España. Desde su llegada al poder todos ellos han empeorado de manera notoria, salvo uno que él no controla, el apetito por el riesgo de los mercados financieros. El sufrimiento que está afligiendo a los españoles en términos de pobreza absoluta y relativa no tiene parangón en nuestra historia moderna.
Por el contrario, a través de la legislación, vía mayoría absoluta, el ejecutivo actual está tratando de reactivar un régimen en descomposición, donde los privilegios, los favores y la corrupción de una élite insolvente son la moneda de intercambio diario. Las prebendas a los otrora antiguos monopolios naturales -eléctricas, petroleras y telecomunicaciones-, y las inyecciones de dinero de los contribuyentes a los causantes de la crisis, el binomio inmobiliario-bancario insolvente, son el pan nuestro de cada día.
 
Los distintos voceros mediáticos, aquellos que deberían velar por la calidad de nuestra democracia, se callan, miran a otro lado, acuciados por sus propios problemas económicos. Son una parte del Totalitarismo Invertido en que se ha transformado nuestra querida España.
 
Pero este gobierno no puede ocultar la realidad allende nuestras fronteras. Mientras Rajoy aleccionaba a aquellos que, como él, sólo aspiran a ser profesionales de la política, Bruselas le cantaba las cuarenta. España supera los umbrales máximos de 6 de los 11 indicadores que se utilizan desde Europa para detectar riesgos económicos, exactamente la misma cantidad que el año pasado. No hay, por lo tanto, ninguna mejoría respecto a 2012.
 
El panorama de nuestra querida España es desolador: insostenibilidad de la deuda, deflación por endeudamiento, destrucción de empleo, pérdida de competitividad y empobrecimiento masivo de la ciudadanía.
 
Lo más escandaloso en los dos años que lleva en el poder este desgobierno ha sido la brutal acumulación de deuda pública sin parangón en nuestra historia democrática. Se trata de un dato sometido al control estricto de Europa e imposible, por lo tanto, de ser manoseado por los adalides de la “suavización” de series temporales, en nombre de un patriotismo mal entendido. Lo de la Contabilidad Nacional es de traca, debe revisarse fuertemente a la baja desde la segunda mitad de 2011. En 2012 caímos a tasas del 2,5%, muy similar a las cifras actuales. ¡Dejen de engañarnos ya!
 
Lo último ha sido el bochornoso espectáculo del rescate bancario. Después de dar por perdidos los 36.000 millones y una vez que el gobierno y la troika celebraban el final del mismo, resulta que los hombres de negro, que analizaron en septiembre los datos de la banca, nos vuelven a enmendar la plana. Nuestro sistema bancario es tremendamente vulnerable.
 
Los dirigentes económicos y políticos patrios pensaban que el paso del tiempo produciría una reactivación económica por ciencia infusa que mejoraría el balance de los bancos. No entienden nada, no saben nada. No han comprendido que una economía con una deuda privada y pública descomunal como la nuestra solo se reactivará cuando el montante de la misma se reduzca de manera notoria.
Pero para ello es necesaria una auténtica política reformista, adelgazar la banca a costa de acreedores y gerencia. Y además hay que tener agallas, algo de lo que adolecen la inmensa mayoría de nuestros políticos, muy del gusto de las puertas giratorias. Y ahora que la ciudadanía empieza a mosquearse y a darse cuenta del timo de la estampita preparan una Ley de Seguridad para proteger sus privilegios.
 
Como escribía Arturo Pérez Reverte en un blog premonitorio de 1998, “Los Amos del Mundo”, “Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena”.
 
JUAN LABORDA - Periodista, licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, profesor del IEB y la Universidad Carlos III.
Publicado en Vox Pópuli - 21/11/13

lunes, 18 de noviembre de 2013

La Justicia Española

El juez no localiza a Camps para que declare como testigo en el caso Nóos; el expresidente de la Generalitat Valenciana, de la que el Instituto Nóos recibió 3,5 millones de euros por eventos deportivos que nunca realizó, se halla en paradero desconocido. Pero que un diputado esgrima, como símbolo del desprecio y de la indignación social, un zapato frente a Rato, cuya gestión de Bankia produjo innumerables desahucios que dejaron a miles de personas sin otro paradero que la calle, es un "espectáculo lamentable y degradante para vida parlamentaria", según Cristóbal Montoro.
 
El fiscal anticorrupción Pedro Horrach rechaza imputar a Cristina de Borbón por blanqueo de capital y delito fiscal, aunque sus firmas demuestran que ella y su marido, Iñaki Urdangarin, desviaron fondos públicos desde el Instituto Nóos a la sociedad Aizoon. Pero representar el hipotético lanzamiento de un zapato a Rato, que está acusado de estafa, apropiación indebida, falsedad contable, delito societario y administración desleal, es "patético y deplorable", según Rafael Hernando.
 
La Justicia española deja impune el crimen ecológico del Prestige, el mayor delito medioambiental de la historia de España y uno de los mayores de la historia mundial, en el que estaban implicados Rajoy, Aznar, Álvarez Cascos, Fernández de Mesa, Matas, Trillo, Fraga. Pero llamar gánster a Rato, que llevó a España al rescate europeo de la banca mientras él se llevaba sueldos millonarios, es "una intervención amenazadora y con unos términos inadmisibles", según Jesús Posada.
 
La ONU ha tenido que instar a España, segundo país del mundo con más desaparecidos en fosas comunes (¡solo por detrás de Camboya!), para que cumpla con su obligación de investigar los crímenes del franquismo, algo que el Gobierno considera perteneciente al "pasado" y zanjado por una Ley de Amnistía contraria al derecho internacional y al sistema democrático. Pero que un diputado recuerde a Rato que era ministro cuando el Gobierno de Aznar apoyó la guerra de Irak, que causó 150.000 muertos, y que era presidente de Bankia cuando la estafa de las preferentes dejó sin blanca a miles de pequeños ahorradores, supone un espectáculo indignante, según Dolors Montserrat.
 
Es decir, que la élite social, política y financiera española nos ha robado, estafado, despreciado, se ha burlado de los ciudadanos, y ahora se escandaliza por un gesto que solo traslada nuestro propio escándalo, sin otra consecuencia que poner en mayor evidencia la basura en la que han convertido nuestro país, la basura que son. Hipócritas. Apelar a la educación, a los modales, al respeto, cuando lo que se está denunciando es el saqueo, la pobreza, el desmantelamiento y la muerte, es del peor gusto que sea posible imaginar.
 
Lo que es insultante es que a tantos políticos y medios de comunicación les brote este sesgo monjil si la indignación social solo se ha manifestado en gestos simbólicos como el del diputado Fernández, si aún no ha tomado la calle de verdad porque la calle es dura, si aún no se ha organizado de manera efectiva porque la participación es dura, si aún no ha expresado la peor cara de la frustración y la rabia, porque la conciencia es dura.
 
Rato merecía que le llamaran gánster y mafioso. Igual que lo merecen Camps y los otros y otras mencionados. Y se merecía Rato el zapato de la humillación. Es de justicia, aunque debiera ser de Justicia. Mientras no lo sea, la propia Justicia española solo será el zapato prevaricador que, ese sí, se lanza contra los ciudadanos, pisotea la memoria, patea a las víctimas de los crímenes. Un lustroso zapato que deja a su paso la corrompida huella de la injusticia.
 
RUTH TOLEDANO - Periodista
Publicado en "El Diario" - 17/11/13